Desmitificar el fracaso

Desde los primeros años de colegio aprendemos a combatir el fracaso, o mejor dicho, evitamos el riesgo para no fracasar. Nos adaptamos al medio y nos defendemos con uñas y dientes. Si el profesor pide un voluntario para salir a la pizarra agachamos la cabeza y fingimos escribir algo muy importante que impide que levantemos la mirada y ser vistos. En clase de gimnasia eran habituales los lesionados imaginarios que,  previa firma de sus padres, eran eximidos de saltar, nadar o darle patadas a un balón. Nos protegen, claro. Estudiamos, sacamos buenas notas y  volvemos a darle esquinazo. El fracaso
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