Desmitificar el fracaso

Desde los primeros años de colegio aprendemos a combatir el fracaso, o mejor dicho, evitamos el riesgo para no fracasar. Nos adaptamos al medio y nos defendemos con uñas y dientes.

Si el profesor pide un voluntario para salir a la pizarra agachamos la cabeza y fingimos escribir algo muy importante que impide que levantemos la mirada y ser vistos.

En clase de gimnasia eran habituales los lesionados imaginarios que,  previa firma de sus padres, eran eximidos de saltar, nadar o darle patadas a un balón. Nos protegen, claro.
Estudiamos, sacamos buenas notas y  volvemos a darle esquinazo.

El fracaso nos acecha, podemos “cagarla” en la pizarra, ser un patán en los deportes o suspender y entonces nos habrá alcanzado. Tendremos oportunidades para sobreponernos pero si nos convertimos en reincidentes o, peor aún, en repetidores de curso, no habrá duda: estamos fracasando.
Niños miedosos.

Terminada la época escolar, las carreras o grados con para las que se destinan un mayor número de ofertas de empleo siempre estarán en nuestras quinielas sobre qué estudiar, tememos que esos estudios no nos proporcionen alta seguridad a la hora de encontrar empleo.
Por supuesto seguimos haciendo “el avestruz” cada vez que un profesor pide un voluntario durante esta fase de nuestra vida, ser mayores de edad no nos impide ver el peligro.
Veinteañeros miedosos.

Según la Comisión Europea España es el peor país  de la UE en el índice de actividad emprendedora y por el contrario tiene una de las mayores proporciones de empleados públicos por población ocupada. Sin duda estos dos datos depende de muchos factores que no vamos a valorar ahora, pero resulta llamativo cómo tendemos a valorar muy positivamente la seguridad  y estabilidad del empleo público frente al emprendimiento.
Adultos miedosos.

Desde muy pequeños buscamos la seguridad con nuestras decisiones y acciones. El problema es que minimizando el riesgo de equivocarnos o fracasar reducimos en la misma proporción las posibilidades de alcanzar el éxito.
Aprendemos a defendernos del fracaso evitando el riesgo a fracasar.

El éxito y el fracaso no son dos caras de una misma moneda. Sería muy sano concienciarnos de ello y así transmitirlo desde la escuela.

El fracaso es temido excepto para quienes buscan o alcanzan el éxito. Ellos están muy familiarizados con el fracaso, quizás no hayan sufrido ningún tropiezo en su camino pero lo han tenido presente sin importarles la posibilidad de sufrirlo, asumen el riesgo.
Citas sobre el fracaso hay cientos pero la siguiente de Dickens resulta muy ilustrativa de lo que deberíamos entender como fracaso: «Cada fracaso enseña al hombre algo que necesitaba aprender.».

Para desmitificar el fracaso, nada mejor que verlo personificado en empresarios, empresas, deportistas o actores que terminaron alcanzado el éxito y son reconocidos por ello.

Steve Jobs contrató a la persona que poco después le despidió de la empresa que él había fundado, Apple. Años después dijo lo siguiente: “Yo no lo vi entonces, pero sucedió que ser despedido de Apple fue lo mejor que me pudo haber pasado. La pesadez de ser exitoso fue reemplazada por la liviandad de ser un principiante otra vez, menos seguro de todo. Me liberó para entrar en uno de los periodos más creativos de mi vida”

John Sculley era un ejecutivo de éxito en Pepsi, le contrató Steve Jobs para trabajar en Apple y terminó despidiéndole.  Una década después abandonó Apple por la puerta de atrás y entre bajadas de ventas y del precio de las acciones de la compañía.

Coca-Cola sacó en 1.985 la New Coke, más dulce, tal y como sus estudios de mercado dejaban claro que los consumidores la preferían. El resultado de la apuesta de Roberto Goizueta, CEO de la empresa, fue casi medio millón de llamadas de consumidores quejándose y la repercusión fue tan grande que hasta Fidel Castro utilizó el caso como símbolo de la caída del capitalismo.
Coca-Cola volvió a la formula original tres meses después.

Sony apostó por su propio sistema de vídeo, Betamax, frente al VHS desarrollado por JVC. Sony apostó por mantener el control sobre la producción de reproductores Beta y JVC por el contrario concedió un gran número de licencias para que otras compañías produjeran equipos VHS. JVC ganó la partida gracias a esta estrategia, aunque fueron importantes otros factores como una mayor duración de las cintas VHS o que la industria pornográfica prefiriese dicho formato.
El minidisc y el laserdisc son otros productos de Sony que fracasaron.

Walt Disney trabajaba para Universal cuando creo una serie de animación donde el protagonista era el conejo Osvaldo. Universal se encargó de la distribución y también se quedó con los derechos del personaje, detalle que se le escapó a Walt Disney y que no repetiría al crear a Mickey, “hermano gemelo” de Osvaldo, tras marcharse de la compañía no muy contento.
Aquí el error es doble, Walt Disney perdió los derechos del personaje y Universal lo dejó escapar.

Si hablamos de actores un buen ejemplo es John Travolta, quien después de Fiebre del sábado noche y Grease se pasó cerca de 20 años actuando en películas de dudoso éxito hasta que Tarantino le dio una oportunidad en Pulp fiction.

Y por último Michael Jordan quien resume así su historial de fracasos: «He fallado más de 9000 tiros en mi carrera. He perdido casi 300 juegos. 26 veces han confiado en mi para tomar el tiro que ganaba el juego y lo he fallado. He fracasado una y otra vez en mi vida y eso es por lo que tengo éxito.»

Aprendamos a valorar el fracaso.

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